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Por Tomas Rodríguez

 

Tenía alrededor de seis años cuando viajé a Oaxaca por primera vez. Mi mamá nos quiso llevar a su tierra natal como es costumbre en muchas familias transnacionales.

No recuerdo mucho, pero sabía que no era la vida que vivía en Los Ángeles. Poco a poco, y año tras año de viajar a México, aprendí a conectar con mis abuelos junto a sus tradiciones y costumbres. Aunque la gente del pueblo me veía como un extranjero, supe que, en la casa de mis abuelos, me trataban como si fuera su hijo.

Pero nada de esto hubiera sido posible sin el apoyo incondicional de mis abuelitas. El amor que recibí de ellas me hizo sentir en casa. Siempre me gustaba preguntarles cómo era mi mamá o papá en su niñez. Y después de reír un poco de las travesuras de mis padres, me di cuenta de que ellos hicieron todo lo posible para darle las mejores oportunidades a mis padres. Estaba viendo un retrato de mi madre con mis abuelas.

Mis abuelitas Aurelia y Edilberta nacieron en la Sierra Norte de Oaxaca, en pueblos donde solo una carretera los separaba. Aurelia era de Santo Domingo Yojovi y Edilberta de San Juan Tabaá. Murieron con un año de diferencia.

Eran indígenas, zapotecas. En Oaxaca hay más de 10 pueblos indígenas a lo largo del estado y en cada pueblo hablan un dialecto diferente. Mis padres no se quedaron en sus pueblos natales. Fueron parte de la ola migratoria en los 70 y 80, ellos buscaban un mejor futuro en Estados Unidos. Y aunque sus hijos se fueron cientos de millas lejos de ellos, estaban felices sabiendo que sus hijos están contentos en su nuevo país.

Mis abuelas llevaban décadas, como sus madres, abuelas, y bisabuelas, cuidando de la casa. Mi mamá y papá me contaban que se levantaban en la madrugada y eran las últimas de acostarse, asegurándose que la familia estaba bien y todos listos para el día siguiente. Eran la roca de sus familias y pudieron sacar adelante a sus hijos.

Pude ver este amor cuando vi a mi tía cuidar de su casa. Ella era la primera en levantarse. Iba al molino del pueblo para moler su maíz para hacer tortillas. Cocinaba tres veces al día para sus cuatro hijos y esposo. No tenía ningún día de descanso. Le pregunté: “No te cansas de todo el trabajo, ¿tía?”, y ella me respondió diciendo que nunca se cansaría de trabajar para sus hijos. Varios años después, veo que todo el esfuerzo que hizo por sus hijos no ha sido en vano. Ahora mis primos, ya adultos, tratan a su mamá con todo el cariño y amor en el mundo.

Luego, me di cuenta de que la vida del pueblo era algo más que unas vacaciones para ir de paseo y visitar a la familia. Se trataba de conectar con mis abuelas y poder sentir el mismo amor que algún día sintieron mi mamá y papá.

Me acuerdo de que mi abuelita Aurelia me dejaba despertar tarde, se aseguraba de no hacer ruido para que su nieto durmiera hasta que se le pegara la gana. Mi abuelita Ediberta, preocupada porque duermo mucho, siempre me preguntaba si tenía hambre en la mañana. Como muchas abuelas, me consintieron como si fuera su hijo favorito. Por fin pude sentir este amor que muchos de mis amigos en la escuela pudieron sentir teniendo a sus abuelas en casa.

“Se trataba de conectar con mis abuelas.”

-Tomás Rodríguez

En el pueblo, la gente preguntaba quién era yo cuando salía a pasear con mis abuelas, y ellas respondían en su lengua natal que era su nieto. En segundos, sus caras de confusión se convirtieron en una sonrisa gigante. Me saludaban y me contaban de los buenos hechos de mi abuela. Poco a poco la gente del pueblo supo quién era yo. Luego del fallecimiento de mis abuelitas, y caminando estas mismas calles, la gente me ofrecía sus condolencias y me contaba tal vez una anécdota que tuvieron con mis abuelas. Era difícil no ponerse sentimental.

Tenía 27 años cuando las vi por última vez. Aunque nuestro tiempo juntos fue breve, el impacto fue eterno. Aprendí que el amor de la madre se puede sentir de generación en generación. El amor de mamá es algo único, a veces difícil de explicar, impenetrable y sobreabundante. Aunque las tradiciones oaxaqueñas se podrán desvanecer, el amor de una mamá a sus hijos continuará por siglos.