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Por Gabriel Martínez | Especial de Impulso

Brilla el artista zapoteco Narsiso Martínez

Los Ángeles, Cal.- Narsiso Martínez es un nombre que destaca en el ambiente artístico. Un amigo en común me platicó de las maravillas y la calidez de este artista oaxaqueño residente en Long Beach, California. “Paisano, saludos, un amigo de antaño, Juan, me ha comentado de ti y de tu trabajo. Cuando vengas por acá te invito un cafecito o una chela. Ponle fecha”, le escribí vía Facebook. “¿Qué ondas Gabriel?”, me escribió, “¡Claro!, ¿dónde es por acá?”. “Santa Mónica”, le contesté a la brevedad. “I will be there on the 14th”, escribió, “are you available?”. Quizá se desconoce que la mayoría de los oaxacalifornianos somos bilingües, navegamos el mundo globalizado comunicándonos en español e inglés. Otros tenemos la fortuna de ser trilingües: puede que hablemos zapoteco, mixteco o triqui por línea familiar, y quienes trabajan en restaurantes japoneses, hablan esa lengua por necesidad.

“Great! Lets schedule that on the 14th”, le respondí. “Cool. I’ll be working at the Santa Monica airport all day. I’ll be free more likely in the evening”, contestó el artista plástico.

El día del amor y la amistad conocí al flamante premiado en la feria de arte Frieze Impact Prize 2023, en la que participan 120 galerías de 22 países. En sus obras artísticas, este maestro oaxaqueño, nacido en Santa Cruz Papalutla, dignifica a los trabajadores agrícolas de Estados Unidos. En la Frieze se ofertan obras valoradas entre 10 mil y un millón de dólares –así como piezas de Richard Diebenkorn, por ejemplo–, en un espacio acogedor diseñado exprofeso por el arquitecto Kulapat Yantrasast. En ese prestigioso escenario, Martínez tendrá el privilegio de una exposición individual: el sueño de todo artista plástico.

Tal y cual habíamos acordado, el artista llega a mi domicilio por la tarde. Narsiso –así, con “s”– estaba agotado porque se había desvelado toda la noche, ultimando detalles de sus obras y supervisando la instalación de su exposición.

Para mí, es un verdadero orgullo que un latinoamericano haya alcanzado tan importante reconocimiento. Más aún, que un oaxacaliforniano sea reconocido, sobre todo durante un periodo de clima hostil y de desprecio hacia los paisanos de Oaxaca, generado por de un grupo de concejales angelinos.

Le enseño mi casa, cuya vista panorámica abarca una gran parte de la ciudad angelina; lo que fantaseamos al salir de nuestras provincias: palmeras y rascacielos. Una vez instalados, comienzo con una confesión. “Yo quiero ir a trabajar al campo”, le digo. “It’s hard”, responde el pintor que trabajó en la agricultura mientras estudiaba artes plásticas en la Universidad Estatal de California, en Long Beach. Me doy cuenta de que le es más cómodo hablar de su vida y de sus obras en inglés. “¿Tú trabajaste en Washington?”, le pregunto. “Para pagar mi escuela pizcaba manzanas. Tenía que cargar la escalera, saber dónde acomodarla y engancharla del árbol para treparme y cortar las manzanas lo más rápido”, recuerda. Saca la mano izquierda y la muestra sin decir nada, pero frunciendo el ceño. Luego se tuerce el cuello como si todavía le lastimara el inclemente frío del estado de Washington. “Las manzanas eran muy delicadas y uno tenía que tener mucho cuidado para agarrarlas y no magullarlas. Si el supervisor llegaba a encontrar una sola huella de la yema de los dedos sobre las manzanas, las rechazaba”, añade. El pintor agrega que al vaciar el saco de la fruta en el almacén, los trabajadores, que se visten con suéteres con capuchas que protegen sus rostros de las ramas de los árboles, del frío y del pesticida, lo hacen con delicadeza para no estropear las manzanas.

Faltan dos días para la inauguración de Frieze Art Fair y Narsiso Martínez, de 45 años, será el protagonista cuyo sello artístico es retratar a sus colegas campesinos. Al despedirnos esa tarde, queda sellada el compromiso de acudir a su exposición.

The most refreshing artwork

El día de la inauguración había un embotellamiento en el periférico del aeropuerto municipal de Santa Mónica, debido al mercado de compra y venta de obras de arte, abarrotado por coleccionistas, compradores, críticos y aficionados. La explanada era monumental, con numerosas carpas blancas y donde la cuota de ingreso era de 150 dólares en promedio. Se anticipaban 35 mil personas en un lapso de cuatro días. Fue necesario recorrer un laberinto de pasillos para encontrar el local de Narsiso, y las querellas en las oficinas de información fueron en vano.

Según Ever Velásquez, gerente de la galería Charlie James, que representa a Narsiso, Frieze Arts Fair es una de las ferias de arte más prestigiosas. Exponer en ese espacio implica un proceso semejante al de entrar a una universidad: trámites, requisitos, hacer un depósito solo por la solicitud de ingreso…

Logré dar con el puesto A7, justo cuando una periodista del diario El País se despedía tras solicitar a Narsiso una futura entrevista. Del muro colgaban obras que inmortalizan a trabajadores del campo en la serie Sin bandana. Ahí estaba el artista, interactuando con su público. Se tomaban fotos con él. La exposición había sido un rotundo éxito. Apenas eran como las cuatro de la tarde, y todas las piezas expuestas estaban vendidas. Se hizo presente el fenómeno de escasez y demanda. Sus obras se capitalizaron. Quienes preguntaban por el precio y la disponibilidad de alguna pieza, eran anotados en una lista de espera, a fin de adquirir futuras creaciones. La galería decidía a quién venderle la obra de Narsiso.

En la primera oportunidad, posamos para una foto ante las obras que comprenden Sin bandana. Era una pose firme y formal. “Así me siento fuera de lugar”, me susurró Narsiso al oído. Precisaba un abrazo caluroso para sentir el latir de un corazón regocijado por el éxito. “¿Qué es lo más interesante que te han dicho?”, le pregunté. Le tomó un largo tiempo digerir la información, mientras saludaba a su público. “The most refreshing from the entire fair”, dijo
“Pareciera trabajo efímero, pero es profundo”, opinó Ignacio Fernández Morales, pintor y arquitecto cubano que acudió a la exposición. “En la cara hay dificultad, pero hay alegría y transmite esperanza”, dice de las obras, plasmadas en cajas recicladas de fresas y cerezas. Además, “rechaza el uso del lienzo, que es lo tradicional del arte. En vez de descartar las cajas, las aprovecha. Es la tradición del inmigrante: aprovechar los desechos, tiene la cultura del reciclaje por necesidad”, apuntó. Sobre los personajes, Fernández Morales citó a Caravaggio, pintor italiano del siglo XVII quien incorporaba gente común en sus obras, en una época cuando solo gente importante tenía el privilegio de ser retratada. “En vez de pintar apóstoles, pintaba al señor que limpiaba casas, que no tenía estatus privilegiado. Las obras de Narsiso tienen algo parecido que le da valor a la gente del pueblo, en vez de glorificar a otros artistas”.

En los retratos, enmarcados con cajas recicladas de frutas, se aprecian los rostros expresivos de los campesinos, en cuyas espaldas contrasta un brillo de oro que les hace relucir como si fueran imágenes de arte sacro.

Narsiso quería hacer un tributo a los trabajadores inmigrantes agrícolas, presentes desde la época del Programa Bracero, lanzado en 1942, durante la Segunda Guerra Mundial. Margarito Martínez, abuelo del artista, acudió a ese llamado cuando los hombres anglos se habían ido a la guerra y Estados Unidos requería trabajadores para las cosechas.

Entonces México y Estados Unidos crearon un programa agrícola de braceros. Ahí les robaron el 10 por ciento de su salario, que supuestamente era un fondo de jubilación. El dinero nunca apareció. Apenas hace dos años, durante la pandemia del Covid-19, se decía que los campesinos eran una especie de héroes porque mientras todo el mundo se quedó en confinamiento, ellos seguían trabajando para alimentar al país.

Al terminar el primero de los cuatro días de exhibición, fuimos a cenar al restaurante Monte Albán, ubicado al oeste de la ciudad de Los Ángeles. “¿Qué comes, aparte de nopales, verdolagas, quintoniles, chapulines y chicatanas?”, le pregunté al artista, que es vegetariano desde hace 15 años, mientras consultábamos el menú. “Todo, menos los chapulines y las chicatanas porque tienen ojos”, respondió, y soltamos una carcajada. Es decir, los ojos los hacen animales.

El maestro ya goza de la seguridad alimenticia, pero cuando estudiaba en la universidad era diferente. Tenía que racionar su alimento, y su vestimenta nunca ha sido de lujo.

Sentados a la mesa, me llega el presentimiento de que es hasta este instante cuando “le cayó el 20”, como decimos en la lengua vernácula, el momento eureka, de que había aterrizado en el éxito. Instantes ennoblecedores como estos son los que se persiguen con tenacidad, al grado de cruzar la frontera clandestinamente, y marcan la vida para siempre. “Lets take a shot for me”, solicitó a los cuatro comensales reunidos. “¡No me pidas eso!”, le contesté, con sarcasmo, sobre el elíxir. Otra convulsión de risa. Era obvio que algo especial acontecía en nuestra mesa, ya que los comensales vecinos volteaban a vernos y se contagiaban de nuestra felicidad. Le informamos a Memo, nuestro mesero, que estábamos celebrando a Narsiso por haber ganado un prestigioso premio de nivel internacional.

Ya era un hombre de 32 años, cuando Narsiso decidió estudiar arte. A su paso por un colegio comunitario, conoció obras de Vincent Van Gogh, Toulouse Lautrec y otros gigantes de la pintura, que lo conmovieron y le hicieron descubrir su vocación. Al mismo tiempo, su pertenencia al campo le permitió examinar las penurias y el esfuerzo de los trabajadores desde una perspectiva artística. Reconocido por un lenguaje sincero y original, actualmente hay piezas suyas en museos como: Hammer Museum, Orange County Museum of Art, Amon Carter Museum of American Art, University of Arizona Museum of Art, Long Beach Museum of Art, Crocker Art Museum, Jordan Schnitzer Museum of Art, entre otros.

Esas lágrimas destiladas de agaves fueron de las más exquisitas que había catado. Le pedí a los congregados que me dieran más tiempo para beber “porque le doy mil besos acariciando a la copa antes de ingerir”. Era un brindis por las afinidades, por la superación de retos, por los sacrificios de la vida. Era un brindis por Narsiso Martínez, los paisanos indígenas, los trabajadores del campo y todos los jodidos del planeta.

La otra ocasión que ingerí mezcal con un nudo en la garganta y derramando lágrimas que llenaban otra vez la copa de mezcal, fue al hablar con el pintor zapoteco Nicéforo Urbieta, quien fue comisionado por el Vaticano para pintar a los Mártires de Cajonos, beatificados a principios de los años noventa. El arte religioso había sido una herramienta de represión –y emblema de la ley– bajo el sistema de castas implementado por españoles durante el periodo virreinal para segregar a la gente de color, y cuyo efecto nos persigue hasta en nuestros días. “¿Por qué hiciste la obra?”, le reclamé. “Todo tiene un porqué”, dijo con ironía el maestro indígena, quien promueve el pensamiento zapoteco, al que llama Xigaab; y quien por sus ideales fue encarcelado durante seis años en Lecumberri, antigua prisión de alta seguridad en México. En el lienzo que entregó al Vaticano, Nicéforo acabó por plasmar su imagen en la obra sacra.

La discriminación pareciera un asunto lejano en el tiempo, pero apenas el pasado 15 de octubre de 2022, tuvimos que salir a las calles principales de la urbe angelina para protestar por unos hechos alarmantes y grotescos. Se había revelado que en una reunión, Nury Martínez, concejal de la ciudad de Los Ángeles, hizo comentarios racistas acerca de afroamericanos e indígenas. “Veo mucha gente chaparra y prieta”, dijo, mientras se carcajeaba sobre los oaxaqueños residentes en Koreatown. “No sé de dónde vinieron”, continuó burlándose. “(Son) tan feos”. Los concejales Kevin de León y Gil Cedillo, así como Ron Herrera, presidente de la Federación del Trabajo en el condado de Los Ángeles fueron cómplices.

Ante esos atavismos, el éxito de Narsiso, cuya tesis de maestría en artes plásticas fue sobre los trabajadores del campo, fortalece la esperanza, y es motivo de orgullo para los marginados. Cuando terminamos de cenar, Memo regresó a la mesa con una botella de mezcal y volvió a llenar nuestras copas. Enseguida, sacó su teléfono para tomar fotografías, mientras elogiaba al maestro: “Son pocos los que logran el éxito”, dijo. “Algunos ya están muertos cuando se les reconocen sus trabajos”, añadió. Para él mismo, el camino al éxito ha sido un sacrificio. Cuando empezó a estudiar inglés, a los 20 años, trabajaba en un restaurante de la ciudad de Santa Mónica. Del trabajo a su casa, recorría un trayecto de hasta tres horas en transporte público, sobre Santa Mónica Búlevar.

De estrella a pupilo en una noche

El salto a la fama conlleva reconocimientos y todos claman estar con las estrellas. Esa noche, Narsiso estaba invitado a una fiesta privada en las playas de Santa Mónica. La fiesta era exuberante, repleta de artistas que socializaban en una mansión de tres pisos ubicada a unos pasos del mar. Los vestidos eran extravagantes y algunos excéntricos. Era la noche de estrellas donde la barra, colocada al costado de la piscina, estaba bien surtida de champaña, vino, cerveza, tequila, mezcal y demás licores para todos los gustos etílicos. En el baño de la planta baja había una cola de al menos una docena de personas –se decía que además de cumplir como depósito de desechos fisiológicos humanos, se usa para intoxicarse. En el baño del tercer piso, espacio más íntimo, había dos chicas con la mirada perdida, sentadas en el piso esperando su turno. Llegó una mujer de unos 25 años vestida con una gabardina púrpura, desabrochada, que le llegaba a las rodillas. La miré de reojo y vi que se frotaba el vientre con las manos. “Los honguitos se están comunicando con mi cuerpo”, dijo. Una de las chicas en el piso respondió que ella había tomado otros estupefacientes, y estaba en estado exaltación.

En un escenario instalado en el patio de la mansión, una artista cantaba en playback/pista mientras sexualizaba el micrófono. Era esbelta, con cabello largo y lacio. Vestía un babydoll transparente mientras meneaba y sacudía con frenesí el trasero. Su apoteosis fue caminar gateando sobre los monitores de sonido del DJ; hombres y mujeres grababan el espectáculo erótico con sus teléfonos. Narsiso, campesino y “artivista” pueblerino, asombrado, fue despojado de su hábitat para encontrarse en un ambiente ajeno a su cultura, que amenazaba con quitarle la inocencia. “Nunca había visto algo parecido”, dijo, después del impacto de ese choque cultural.

Durante la cena, Ever Velásquez clavó sus ojos en el maestro para advertirle que tuviera cuidado con las tentaciones y así evitar que cayera en la perdición de los estupefacientes. En ese instante no era una estrella, sino un pupilo recibiendo consejos: “Invierte tu dinero en casas, en México”, le sugirió Ever, persuasivamente. Coincidí con Ever. Le hablé al maestro de los pintores de Oaxaca que han sido ejemplo de solidaridad, como Francisco Toledo, Rufino Tamayo o Rodolfo Morales, quien compró parte del antiguo convento de Santo Domingo en Ocotlán de Morelos, Oaxaca, para convertirlo en un centro de arte.

Esta noche, el panorama es esperanzador. Con los 25 mil dólares del Frieze Impact Prize, otorgado junto con Define América —organización sin fines de lucro que disemina historias sobre los migrantes—, Narsiso podrá seguir fortaleciendo su arte, visibilizando a los trabajadores del campo, y le será más fácil exponer en otros espacios de prestigio. Al momento, tiene programados proyectos artísticos que abarcan 2023 y 2024.

“Entonces ¿mi precio va a subir?”, pregunta. “¡Claro!”, exclamamos, y el maestro se frota las palmas, lleno de regocijo.

Gabriel Martínez estudió periodismo en la Universidad Estatal de California, Northridge. Narrador de los festivales Guelaguetzas que tiene lugar en el suroeste de Estados Unidos y también es ensayista independiente de ambos mundos, México y Estados Unidos. Además, es fotógrafo. Esta crónica fue realizada con fondos de “amigos de Gabriel Martínez”, aporte que se puede hacer por Zelle y PayPal en gabrielrepoting@gmail.com y editada por Patricia Ruvalcaba.